martes, 22 de octubre de 2013


Los demás días

Es fácil que no aciertes en una explicación de unos poemas de un poeta del que se conoce poco, aunque ha publicado poemas en antologías y revistas, y que se inicia en este momento en el mundo editorial. Mejor si aciertas en las impresiones que callas porque también el lector tiene sus derechos. Lo demás, en este caso, es palabra. Palabra de lector que tiene entre sus manos unos poemas que van y vienen, revoloteando en un tarde de finales de verano, que es cuando todo sucede.
Antonio García Soler nos muestra en este estupendo poemario titulado Los demás días, un conjunto de poemas divididos en tres secciones: Deuda, Esto, Acaso. No tenemos referencias explícitas a lo que se refieren estas secciones, pero por los versos de cada una de ellas podemos averiguar que se trata de un camino bien trazado a la hora de ordenar el poemario y de un esquema perfectamente diseñado.
Los demás días son poemas como hojas volanderas y van llenando, según los leemos, nuestra imaginación de recuerdos, porque eso es lo que evoca el libro, la sensación de haber compartido los mismos tiempos aunque en lugares lejanos. El conjunto supera las partes. El estilo enlaza con la línea de poetas de verso libro, más bien breve, de un ritmo pausado pero incansable, con imágnes intensas, que a medida que avanza se echa en falta una banda sonora. Propongo que lo leamos con canciones de viejos negros con voz cascada y profunda. Olvidemos que es poesía y leamos como si fuera un álbum de vinilo y que cada cual elija su estribillo: Tanto tiempo / antes/ ahora; o el que más me gusta: su destiempo no prescribe.
Deuda, la priemra sección, comienza con tres poemas programáticos en los que el poeta define su visión de la poesía, primero vida, luego palabra. Con cierta ironía y con referencias más o menos veladas, va siguiendo las huellas de Jaime Gil de Biedma, Pablo Neruda o Jorge Guillén, por decir algunos de evidente presencia. El tono conversacional acerca la palabra al lector, le hace cómplice y, a veces, le arropa. Son poemas breves, como un instante fugaz, una imagen tan tierna como la del niño jugueteando mientras su madre y su abuela lavan la ropa. Escribe Antonio desde el recuerdo, primero vida, luego, palabra, ya lo dijo en el primer verso. Y a continuación el juego, de idas y venidas, de versos y palabras que son sugerencias, asociaciones e imágenes que nos zarandean y nos llevan al pasado: No hacía falta/ volver:/ sólo/ este aire/ de ahora/ para mirar el día. O cuando declara: Los demás días/ parecen otros,/ hoy mismo. La idea de la vuelta a los padres y a los padres de los padres en un intento de aunar historias secretas que seguramente son vidas humildes de personas sin historia, que nunca hubieran imaginado verse en verso. Pero tuvieron la suerte del nieto e hijo memorioso, agradecido y deudor. Es decir, la deuda con los poetas abriendo la sección, pero la deuda de la vida concluyendo, su padre en el cierre.
La segunda sección tiene un título más genérico: Esto. La deuda se hace vida vivida y pasan como fotogramas de cine, los temas centrales del libro, el tiempo inexorable, la desazón de la incertidumbre y la vida duiaria. Ya no hay un yo que lo envuelve todo, hay un nosotros: miles de hombres vestidos desde la mañana para ser autómatas, para beber un café o para leer un libro. No se aparta del nosotros ni cualdo vuelve al recuerdo, en la escuela y en la merienda. Pero el recuerdo no lo impregna todo, al contrario, ahora hay “ahora”, huele a café humeante y a tabaco de taberna, a conversación sin fin de domingo por la noche. “Mientras aparco” es el poema central de este grupo de versos que son vivencias apuntadas, notas sueltas que cobran sentido cuando se juntan y se leen como si fueran un blues tras otro.
Acaso, la tercera sección, adquiere un tono más triste, la nostalgia del que mira hacia atrás y reconoce los fracasos para reivindicarse en el presente. Los títulos de los poemas conducen a un abismo del que te salvan los versos finales de cada poema. Pongamos un ejemplo. El primer poema es “Me equivoqué” y es un reconocimiento del error, pero luego asume el error: Me equivoqué en casi todo... pero también quiere uno esta vida como sea. O en el que la luz impregana el poema: NO HAY manera ni suerte,/ que uno sepa,/ de decir algo/ de esta luz en el puerto:/ la de ayer,/ tan distinta/ de nuevo,/ tan nueva/ en febrero. Comienza el poema con una negación para terminar con una plenitud de la luz de febrero. Como decía, los encabezameintos de esta sección llevan al lector por vericuetos reflexivos con “happy end”: Tanto a mi alrededor, tantas cosas... estos errores... A veces acierta. Es este tercer bloque no sé si decir “un canto Mediterráneo” o “al Mediterráneo”, sentimos la brisa del mar, la luz maravillosa de ese mar que para el poeta es un punto de vuelta, como si fuera una metáfora de la infancia, cualdo vuelve su mirada al mar, es su infancia la que regresa a su vida, porque el mar siempre es el mismo, pero el niño se ha hecho mayor, y la única manera de olvidarse de todo, lo demás es palabra, es sentarse junto al mar de la infancia

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